CARLOS GARCÍA GODOY, cantautor y amigo

 

En los años 70 yo andaba investigando en el  entorno nicaragüense para componer una misa  desde la óptica cristiana comprometida, una  misa en la que la palabra debía ser la sustancia.  Fui a hablar con Ernesto Cardenal, también  a la Costa Atlántica, para entrevistarme  con el antropólogo capuchino Gregorio Smutko,  después a la pastoral del norte y me quedaba  Tola. Ya conocía a Gaspar, pero era la primera  vez que me sentaba con él. Fue estremecedor  todo lo que me dijo Gaspar. “Carlos, en Nicaragua  no hay otro camino”, me recordó a la  frase de Dolores Ibárruri, La Pasionaria: “La  lucha armada es el único camino que queda  para poder cambiar este país de tanta corrupción,  de tanta miseria y de tanta opresión”.  

Gaspar no me dijo que iba a dejar la sotana  pero insistió en que “aquí no hay otro camino”.  Yo estaba convencido de lo mismo. Me  encantó la alegría con la que me dijo: “Vamos  a hacer la revolución y vamos a hacerla todos  con entusiasmo”. Lo decía con el deleite de  sentirse partícipe, porque él ya estaba participando  y ya habían empezado las amenazas contra  él. Me contó que el jefe policial de Tola le había dicho que si no se iba le podía pasar algo. Aquello fue la gota  que derramó el vaso. Él afirmó que no iba a abandonar a esta gente.  “Yo no me voy a ir a España y no voy a regresar a mis raíces geográficas,  sino que voy a volver a mi verdadera raíz, que es el Evangelio al  servicio de los pobres”. Ese fue el espíritu de lo que yo sentí en aquella  conversación con Gaspar en el año 75.  

Más tarde, en la primavera de 1977, fui testigo de su última visita  a Asturias. Yo había hecho ya contactos con la casa de discos,  pero la canción Son tus perjúmenes mujer no había empezado a sonar  aún. Hubo una misa campesina en la parroquia de Tuilla, en Langreo.  Lo recuerdo todo clarito. Recuerdo que hacía un tiempo precioso,  aquel verdor, la gente. En el cántico de despedida había una  frase que se refería al Gaspar campesino. Me volví a mirarle y él me  guiñó el ojo como diciendo: ”Ese soy yo”.  

Fue muy hermosa aquella misa, su eucaristía de despedida, y fue  lindo porque después fuimos con su familia a beber sidra y a comer  gambas. Una escena que nunca olvidaré fue cuando me presentó a su  madre: “La asturiana más guapa de esta tierra”, me dijo. La tomó en  brazos y la señora gritaba: “Gaspar, Gaspar, me vas a matar, me vas a  quebrar los huesos”, y Gaspar la besaba como a una niña. Lástima  que no haya una foto de aquel momento. Me emocionó muchísimo y me hizo recordar a mi madre, que afortunadamente aún vive.

Después bajamos a visitar la mina. Su padre había sido minero  y parte de su familia también había trabajado en el pozo. Fue muy impresionante.  Nos pusimos los cascos y Gaspar me decía que no había  tanto peligro como antaño, que ahora había medidas de seguridad. A  la salida nos hicimos una foto.

Para nosotros todo era impactante porque Gaspar debía despedirse  de su familia. Lo hizo con enorme alegría, como si se fuera de  tournée con artistas. Se sentía gozoso de regresar a Nicaragua todo su espíritu batallador y con todo ese cristianismo militante fortísimo,  como un verdadero soldado de Cristo. Yo no dejaba de sentir  un poquito de cargo de conciencia. Él, leyendo más allá de mis ojos,  me dijo que era su responsabilidad regresar a Nicaragua y que, en determinado  momento, puede surgir un problema familiar, pero que hay  que dar prioridad a la patria y a la revolución. Meses más tarde mi  padre estaba falleciendo en Costa Rica, me mandó llamar y tuve que  quedarme todavía quince días más resolviendo problemas de solidaridad  antes de atenderle. Recordé lo que me decía Gaspar: “Aunque  no arriesgues la vida como un combatiente en el frente, vas a tener  pruebas muy fuertes para demostrar tu entrega verdadera a esta causa  revolucionaria”.

Gaspar se ganó un enorme cariño, primero en la zona donde trabajaba  y, luego, su nombre y carisma se fueron extendiendo a otros  puntos de Nicaragua. Salió en una película que se llama Patria libre   o morir explicando qué es un obús.  

En los años 90 regresé a Asturias, a Tuilla. Me rencontré con  la familia de Gaspar y su presencia seguía siendo fortísima. Volvimos  a la mina y fue como una película, como si reviviéramos la escena  con él.   

Gaspar García ha sido un ejemplo para toda mi vida, a pesar de  que mi militancia política se fue diluyendo por todos los acontecimientos  transcurridos en Nicaragua. Yo me separé del Frente Sandinista,  pero no me separé del sandinismo, que es donde yo me  encuentro con Gaspar y siento su presencia, su palabra viva, su  ejemplo. Veo a Gaspar diciéndome: “Carlos, agarra bien la guitarra,  agarra bien el acordeón, vos tenéis que seguir dando testimonio por  la justicia de este pueblo”. Y recuerdo la frase del Che Guevara en  la carta a sus hijos: “Sentir cualquier injusticia cometida contra  cualquier persona en cualquier parte del mundo”. Esa es una declaración  de principios fundamental. El ejemplo de Gaspar lo siento en mí, no solamente a la hora de cantar sino en todos los momentos  de mi vida, porque fue un hombre integral en el sentido completo de  la palabra.

Hay un pez en el lago que se llama Gaspar. Es un pez muy curioso  porque es como que si su evolución se hubiera detenido en el  tiempo. Es un poco antediluviano, raro, es una mezcla de caimán y  pez, con dientes agresivos. Pero Gaspar García ha dulcificado ese  nombre que, para mí, era agresivo. Ahora identifico el nombre de  Gaspar con sabiduría, con constancia, con trabajo cotidiano y, sobre  todo, con una enorme alegría. Si hay algo que nunca puedo olvidar  es a Gaspar guiñándome el ojo, cómplice, como diciendo: “Estamos  en la lucha y vamos a continuar hasta el final”.